La política nutre y se nutre de diversas disciplinas. La economía, la sociología y la educación son algunas de ellas. Sobre cómo relacionar la política y las disciplinas sociales hay decenas de miradas distintas. A partir de ellas se construyen las opiniones, ideas y proyectos que expresamos ante cada tema. Cuando esas miradas se sistematizan construimos ideologías. Esas ideologías pueden resultar testimoniales, cuando no aspiran a representar a la mayoría o transformadoras, cuando la mayoría les confía la administración del Estado.
La clave está ahí. Qué alcance le queremos dar a nuestras ideas. Allí aparece la disciplina más controvertida. Amada y odiada, pero políticamente infalible: la matemática. La matemática, la suma de uno más uno, construye las mayorías. Ser más o ser menos determina rumbos, distribuye poder, asigna lugares, ordena las instituciones.
La política en democracia es la búsqueda constante de la mayoría. La utopía es la concreción de los proyectos; el medio, las mayorías.
Hoy está de moda criticar y denostar a quienes desde un lugar no oficialista creemos que para construir un proyecto de mayorías hay que convocar y convencer a, al menos, una parte de los argentinos que en octubre formaron el 54% de votos que apostaron a la continuidad.
Esa crítica tiene al menos cuatro defectos que en materia política y social son graves.
El primer defecto: se trata de una mirada cortoplacista. Piensa cada iniciativa y cada debate como una batalla a todo o nada, y no ve en ese debate un posible final de acuerdos, decisiones compartidas y ganancia comunitaria.
El segundo error: es una posición profundamente especulativa. Quienes creen en el “oposicionismo” se olvidan que oponerse o acompañar es una expresión de un proceso. Es una consecuencia, no el fin en sí mismo. Y quienes confunden los medios con los fines –tanto desde el oficialismo como desde la oposición-, cometen errores que tarde o temprano, los pagamos todos.
En tercer lugar: es una mirada conservadora, pero conservadora con una carga negativa. Tiende a priorizar el fortalecimiento de una minoría descontenta en lugar de aspirar a conquistar una mayoría que supere en ideas y propuestas a la mayoría actual.
Finalmente, es perversa. Esa óptica apuesta a una argentina partida en mitades, abusa de las comparaciones y se encapricha en miradas que pueden llevar a una peligrosa endogamia política. Creen en términos de unos u otros, no de nosotros. Esa mirada apuesta al país bipolar y no se percata que la Argentina es un país diverso y de matices, que sólo progresa cuando encuentra equilibrios.
Esas miradas que van del éxito al fracaso, de la alegría a la angustia y de la felicidad al horror no reconocen la Argentina profunda, que espera propuestas de superación y quiere alternativas hacia adelante, que no cree en la propaganda del éxito permanente del gobierno ni en la cultura del fracaso de quienes hacen un culto de la negativa. Esas posiciones pierden la expectativa de un horizonte con un proyecto de nación compartido, que sea más justo, transparente, inclusivo y transformador que el modelo actual.