Progresismo, progreso y futuro.

En el último post se me ocurrió poner algunas ideas sobre el discurso homogéneo del federalismo argentino. Esta vez, con la misma intención quiero hacer algunos comentarios sobre el famoso y trillado progresismo.

Si tomamos un discurso de la presidenta, cualquiera, de los más opacos a los más brillantes, encontraremos referencias permanentes al infierno que vivió el país, a la ejemplar supervivencia con políticas inclusivas, a la profundización de ese modelo y el “progresismo” como inspirador de las políticas públicas kirchneristas.

una nueva etapa de la democracia argentina Progresismo, progreso y futuro.Mil definiciones distintas vamos a encontrar de progresismo, pero ninguna puede abstraerse de la ligazón que une a progresismo y progreso. El progresismo tiene que referir al progreso, si no, es cuento.

Ahora, sin negar el crecimiento evidente que experimenta la economía argentina, más allá de vientos de cola o de frente, de turbulencias, aciertos y errores del gobierno hay algo que resulta claro: más que impulsar el progreso, el crecimiento ha servido para conservar una estructura social injusta.

Hoy leyendo los diarios encuentro que, según un informe de Un Techo Para Mi País, en los 5 últimos años se han desarrollado en el conurbano bonaerense 90 asentamientos precarios más.

Quienes habitan estos asentamientos no tienen cubierto el acceso a derechos básicos: vivienda digna, agua y cloacas por ejemplo. Viven en una situación de precariedad alarmante y llegan, en parte, expulsados de sus provincias, donde las economías regionales no generan oportunidades de empleo y expectativas de desarrollo personal.

Decir que un gobierno se inspira en el progresismo implica que actúe y gestione mirando diez o veinte años más allá. Como decía Churchill respecto a los estadistas, de acá a una generación, no de acá a una elección.

Tener la valentía de impulsar medidas progresistas tiene costos; animarse a hablar de contenidos en educación y cuestionarse por qué toman cada vez más impulso los colegios y universidades privadas en lugar de los establecimientos públicos.

Pensar en serio al país desde el progresismo implica entre otras cosas reconocer el alarmante déficit habitacional que afecta a diez millones de argentinos y desarrollar programas de vivienda gestionados con dinero del Estado, por el Estado y para los ciudadanos. Tercerizar las políticas de desarrollo social y planificación, lejos de ser progresista, es profundizar el modelo de los ´90 que desde el Estado distribuía fondos que otros administraban.

Animarse a desarrollar políticas progresistas no puede dejar de lado la gestión del ambiente. Continuar la concentración poblacional en torno a las grandes ciudades tiene hoy altos costos sociales y ambientales. Continuar el camino de la concentración poblacional es directamente proporcional a reducir la calidad de vida de los ciudadanos.

Ser progresista es permitir el progreso. Para esto, la educación y la cultura del trabajo deben ser canales de ascenso social. Para progresar y abrir caminos, el Estado tiene que mirar al futuro.

El gobierno debe comenzar por dejar de provilegiar el capital político de sostener una sociedad desigual. No renunciar a eso es renunciar al progreso y renunciar al futuro.

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Federalismo, Sí. Pero éste, No.

Hoy estaré participando en un seminario sobre Federalismo, a partir de esta invitación desarrollé algunas reflexiones que quiero compartir en este espacio.

Deben haber pocos temas como el federalismo tan recurrentes desde la independencia nacional. Está presente en los debates, pero generalmente en forma superficial, como un dogma constitucional y no como una herramienta para organizarnos como sociedad.

sobre la argentina de hoy Federalismo, Sí. Pero éste, No.De hecho, algo dogmático hay en que a todos nos guste llamarnos federales. Peronistas o radicales, de izquierdas o derechas, más conservadores o más liberales; todos federales.

Hace ciento cincuenta años las rentas provenientes del puerto, la navegación comercial de los ríos y la definición de estrategias para insertarse en el mundo dividían a unitarios y federales. Aquella lucha la ganaron desde lo supuesto los federales: así, la argentina se definió como un estado federal. Desde los hechos bien podríamos cuestionar esa definición.

La Argentina, 150 años después es un país que sufre de “apoplejía en su cabeza y parálisis en sus extremidades”, tal como lo predigiera Alem en 1880. Los tendidos ferroviario y vial convergen en el puerto y la generación de riqueza y la población se concentran en los alrededores de la capital, donde también se reúnen los desarrollos tecnológicos y las actividades deportivas, culturales y académicas más trascendentes.

Tengo una convicción, tal vez propia de un ciudadano que viene del interior del interior y forma parte de un partido nacional: Este federalismo no nos sirve y su ineficacia resulta especialmente evidente en tiempos de crecimiento económico.

A nadie escapa que las economías regionales que no forman parte del dinamismo de la pampa húmeda mantienen una precariedad alarmante. La pobreza, por su parte -aún con los datos del INDEC-, muestra una altísima concentración en las provincias del norte. Índices más específicos, tales como la producción de trabajos científicos o la participación de la industria en el producto muestran aún más distancia entre las provincias centrales y las más alejadas.

El federalismo es necesario: Sí. Acerca la administración a la comunidad y sus prioridades, respeta las diferencias culturales, reconoce la existencia previa de las provincias y permite a su vez articular un proyecto común que equilibre desigualdades y engrandezca desde un horizonte común.

El federalismo es necesario, pero debe ser repensado. Durante los años ´90 y en el tren de desregular, privatizar y reducir el Estado, el gobierno nacional destruyó las empresas públicas y los grandes programas nacionales. La salud y la educación, derechos fundamentales, quedaron desarticulados con un discurso tan sustentado en el federalismo como inspirado en un abandono de responsabilidades del Estado central.

Ahora, con dinero en las cajas estatales algo queda a la intemperie. Decimos y repetimos que se crece sin desarrollo, y en esto, éste federalismo rengo mucho tiene que ver.

Hoy el federalismo argentino carece de reglas marco: un gobernador de otro partido no recibe ni agua de parte del gobierno nacional. El estado actúa a menudo, a través de terceros -la tercerización de la construcción de viviendas con el reciente escándalo que involucra a la Fundación de las Madres es un caso concreto-. No hay prácticamente legisladores nacionales que puedan representar cabalmente a sus provincias sin ser presionados por el gobierno central.

Este federalismo no sirve. Sirve el federalismo que se enmarca en un proyecto de país y no en una suma de proyectos locales o, en un proyecto político central. En nombre del federalismo, hay gobernadores que alambran sus provincias. En nombre del federalismo el oficialismo gobierna para los suyos. Mientras, los ciudadanos de la federación: bien, gracias.

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